Por las mujeres invisibilizadas

Por las mujeres invisibilizadas

Aclaración previa.
El modelo educativo comentado aquí consiste en el más habitual hoy en día y por tanto el que teníamos más cercano para analizar respecto a nuestras vivencias. Para introducirse en otros tipos de educación o en la crítica de este sistema, recomendamos acudir a los libros de Anarquismo y Educación, de Francisco José Cuevas Noa y de Dejadnos aprender. Reflexiones desde la pedagogía libertaria, de Manuel Rodríguez, <Txelu>. Aprovechamos este momento para recodar que el domingo 2 de octubre en el CSO Kike Mur se llevará a cabo la presentación de este último por la Editorial Volapük, seguido de una comida popular  vegana. Esta presentación está inscrita dentro del V Encuentro del libro anarquista. Más información en https://libroanarquistazgz.wordpress.com/

Un montón de horas de enseñanza obligatorias, asignaturas planteadas de manera que quizás no podrían ser menos interesantes y una temprana adscripción al sistema educativo para todavía no haber conseguido el fantástico cambio social, con todo el progreso y desarrollo que nos mereceríamos, tras habernos machacado la cabeza encerrándonos en una aburrida escuela desde los tres o seis años. ¿Por qué? La escuela pública actual sigue siendo una extensión más del poder estatal: nadie realmente puede pensar que lo que aprendemos dentro de ella son asignaturas aisladas, puntualidad y trabajo en grupo, no se sale de la escuela sabiendo hacer simplemente álgebra y subordinadas adverbiales. Acabamos la escuela, entre otras cosas, tras haber interiorizado sobradamente los valores dominantes que imperan en nuestra sociedad: la competitividad, el egoísmo, el autoritarismo, la falta de crítica, el individualismo, la jerarquía, el peloteo, la intransigencia, los roles de género. Pero acabamos la enseñanza obligatoria, sobre todo, sin saber pensar. De hecho, aceptamos desde muy jóvenes estos mandamientos junto con las penas necesarias que conllevan: la ansiedad, el miedo, la subordinación. Con un añadido: las mujeres descubrimos también cómo será el día a día de toda nuestra vida a partir de aquí. Nos levantarán la falda sin nuestro permiso, harán listas con nuestras partes del cuerpo para puntuarlas y nos compararán con equipos o partidos de fútbol. Al mismo tiempo que esto ocurre también interiorizamos, gracias a la familia y al profesorado, que no tenemos que alarmarnos por ello, que es lo que nos toca, que los chicos son chicos y sus indomables hormonas son las culpables. En fin. Lo que con estas edades todavía no sabemos es que la escuela es otro mecanismo de repetición y perpetuación del poder donde aprendemos, dentro de un espacio pequeñito. cuál es la realidad que nos espera afuera, y donde nos acostumbramos a nuestro ser secundario como algo casi natural predeterminado dentro de este modelo binario jerárquico.

 

Aprendemos también, que es lo que nos va a ocupar ahora, cuál es el puesto que nos conviene a mujeres en esta sociedad desde el espacio donde socializamos y convivimos: la escuela. Dentro de ella vemos a las mujeres como profesoras de lengua o de plástica, enfermeras, cocineras, psicólogas o limpiadoras mayoritariamente. Esto lo descubrimos en la práctica, de una manera consciente e inconsciente a la vez, viendo y tratando con otras mujeres en nuestro día a día, mujeres que podríamos ser nosotras mismas en un futuro. Pero llegamos a esta misma conclusión también dentro de la propia aula: aparentemente las mujeres no han aportado nada relevante a la historia, nada por lo que sus nombres o sus caras merezcan ser recordadas en los libros de texto del instituto. Si se dice que la escuela mata la curiosidad, en este sentido lo hace doblemente. El caso es que los estudios sobre cómo el machismo influye en el currículo escolar y cómo este borra a las mujeres de la historia han aumentado desde los ochenta, haciéndose hoy en día algo más que evidente¹, pero el temario, lo que se aprende por obligación desde la infancia, sigue sin cambiar en este sentido, independientemente de quién elabore los planes de estudio.

 

Marie Curie e Hipatia, además de la mujer del cuadro de La Libertad guiando al pueblo enseñando una teta que siempre sale en los libros de Historia para ilustrar la Revolución Francesa (qué ironía que guillotinaran igualmente a Olympe de Gouges): solo estas son nuestras referencias en el plano escolar. Pero todo el mundo reconoce los nombres de María Magdalena, de Cleopatra, María Antonieta o Helena de Troya: está tan claro el criterio por el que se invisibiliza a unas y se recuerda a otras que casi no merece ser comentado más; las mujeres son recordadas o por su belleza mitificada o por las relaciones que tuvieron con hombres (sumándose a esto, además, que sus historias han sido escritas por hombres, configurándolas ellos como les convenía). ¿A quiénes no estudiamos o solo conocemos superficialmente? A las mujeres fuertes, lesbianas, independientes, a Juana de Arco, a Cristina de Suecia, a Sor Juana Inés de la Cruz, mujeres luchadoras como Gloria Richardson, Audre Lorde, Harriet Tubman, las que formaban parte de la organización anarquista Mujeres Libres, a mujeres que destacaron por sus descubrimientos como Rachel Carson, Maria Sibylla o Hedy Lamarr entre muchas otras. Esto conlleva que las mujeres no tengamos una genealogía, que no podamos inscribirnos dentro de una filiación femenina²; que no nos sintamos representadas y que necesitemos llevar a cabo una deconstrucción de la historia hegemónica para poder sentir que hemos formado parte de ella durante todo su transcurso. Es decir, la literatura o la historia que nos enseña en clase es masculina, como comentaba Luisa Muraro; nunca podremos sentirnos identificadas con ciertas experiencias o aspirar a ciertas metas porque no son las nuestras, al igual que no podemos buscar referencias para construirnos a nosotras mismas buscando en los grandes escritores de la historia.

 

En cualquier caso, nuestra educación y nuestro casi obligatorio encauzamiento hacia la interiorización de la posición de la mujer en la sociedad viene impuesto, la mayoría de las veces, por métodos más sutiles, tales como el empleo del lenguaje cotidiano para la conformación inconsciente de expectativas y modelos entorno al ser mujer, tan trillado en el feminismo hoy en día: diferencias de significado al cambiar el género de las palabras (golfo, golfa) o incluso directamente la no-aceptación por parte de lo que se consideran las autoridades en lo que a lenguaje se refiere del femenino en algunas palabras (médico, piloto); o como el trato que recibimos desde los mass media donde se nos presenta, normalmente, como meros objetos pasivos o como mujeres cuyos intereses casualmente coinciden con los del patriarcado. De esta manera interiorizamos día tras día, todos los contenidos con los que se nos bombardea; asimilamos la visión androcéntrica de la realidad con su respectivo modelo jerárquico sobre las mujeres en todos los ámbitos de la vida desde nuestros primeros años en los que comenzamos a comunicarnos con el mundo y el mundo comienza a comunicarse con nosotras. Luce Irigaray se preguntaba qué sería del orden social si las mujeres se relacionasen de otra manera con la materia, con la naturaleza, el cuerpo y el deseo, nosotras nos preguntamos también qué sería de este orden si cambiase la relación de las mujeres en/con la historia. ¿Por qué tendríamos que respetar las mujeres este orden dado, el cual interpreta nuestras diferencias como algo a despreciar y en donde solo se premia la subordinación?

 

Aunque el proceso de creación de identidad y de definición es en gran medida relacional y de diferenciación con lo Otro, no queremos que se nos describa únicamente por nuestra relación con los hombres (Pierre Curie, Julio César, Sartre, Enrique VIII) sino que queremos tener acceso a un abanico de diferentes referencias para poder elegir entre ellas cual queremos que nos sirva de inspiración, un poco en la línea con los puntos parciales de anclaje de los que hablaba Rossi Braidotti. Ejerceremos toda la resistencia que sea necesaria contra la homologación de las mujeres respecto al ideal de Mujer hasta rescatar y crear figuras que concuerden con nuestra historicidad.

 

Para conseguir esto necesitamos temas que nos ilusionen a la vez que profes que no ejerzan una autoridad de tipo negativo³ mediante la sumisión para reafirmarse en su posición de poder, sino que nos ayuden en nuestro crecimiento personal, que nos orienten hacia lo que queramos aprender y quienes queramos ser (lo cual es ciertamente imposible sin una representación de las mujeres suficiente en el espacio educativo). A la vez nos preguntamos si realmente sería posible que los planes de estudio machistas elaborados por estados estructuralmente patriarcales pudieran dejar de serlo algún día. Como decía María Galindo, no es cuestión de caer en el juego de la concesión y la demanda y olvidar así el conflicto Estado-mujer: tanto el Estado como el patriarcado están basados en una idea concreta de poder y autoridad que rechazamos.
Rescatando lo que decíamos al principio, en la escuela, en la institución escolar entera, no solo aprendemos matemáticas e inglés: en la escuela pasamos una inmensidad de horas dando forma a nuestra personalidad. Necesitamos vernos representadas; saber que, aunque este sistema nos limite constantemente, tenemos la fuerza y el apoyo para elegir quién queremos ser. Los intentos por salvarnos a nosotras mismas tratan de conseguir una suerte de justicia en una minúscula escala para tantas mujeres desterradas al olvido. Hace unos treinta años la Librería delle Donne de Milán junto con la Biblioteca delle Donne de Parma hicieron esto mismo publicando Le madri di tutte noi, un catálogo sobre mujeres escritoras. Guerrilla Girls reivindicaron⁴ la presencia de mujeres en el mundo del arte. En el presente, la campaña Quién Coño Es visibiliza igualmente a las mujeres artistas. Alicia Murillo lo hace en el mundo de la música. Páginas web como mujeresenlahistoria.com o docugenero.blogspot.com contienen una inmensidad de recursos informativos sobre género y mujeres. Pero, en definitiva, si queremos tener acceso a una historia de las mujeres que confronte el pensamiento social-escolar dominante, por ahora solo podemos hacerlo de una manera extraescolar. Nosotras buscamos una enseñanza, citando a Virginia Woolf, “donde nadie tenga temor de pisar una raya trazada con tiza, donde la competencia quede abolida, la vida sea abierta y fácil, que acuda con alegría la gente que ama los diversos saberes y encuentren lugar las mentes de diferente clase y gradación, los diferentes cuerpos, donde no haya dignatarios, ni desfiles, ni sermones. Una escuela para enseñar el arte de la humana relación y no el segregar, el especializar, el competir, el envidiar”⁵.

 

¹ Un ejemplo es el trabajo de Judit Gutierrez Sánchez, “Presencia y tratamiento de la mujer en los libros de texto: ¿invisibilidad, transversalidad o patchwork políticamente correcto? Análisis y reflexión” donde cita algunos y analiza esta problemática.
² Hernández Piñero, Aránzazu. Igualdad, diferencia: genealogías feministas (2010), en Feminismo/s 15: ¿Feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia?, pp. 75.
³ Para más información sobre este tema, Anarquismo y Educación, de Francisco José Cuevas Noa.
⁴ Y siguen haciéndolo, aunque no son las mismas participantes sino sus herederas.
⁵ Woolf, Virginia (1980). Tres guineas. Barcelona: Lumen

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